Amaia Montero
Amaia Montero. El
huracán, la fuerza de la naturaleza, la verdad. Porque
cambiarlo todo cuando todo funciona es ir más allá de tu
propia suerte. Es saber lo que quieres y luchar por
ello. Y ella lucha, incansable. Con la seguridad de que
necesita crecer, avanzar, renovarse. Y lo ha hecho.
Sola, peleándose con cada silencio, con cada
interferencia, con cada convicción. Ante el estupor de
quien la miraba bajarse del éxito absoluto que había
construido durante años, para buscar su propio camino y
andar por él. Se ha encerrado en su casa de Irún, su
lugar en el mundo, para medirse a solas con su propio
talento y un alma llena de cosas que contar a quien
quiera escucharlas. Nos dijo adiós, y desapareció
durante un tiempo para dibujar un futuro lleno de
sueños, de coherencia, de serenidad, de armonía, porque
no hay nada que te arrope más que estar donde quieres
estar en cada momento de tu vida. Y ahora ha vuelto,
tranquila, con una joya entre los dedos y toda la vida
por delante.
El disco es ella. Cada letra, cada nota de música nace
de la necesidad de mirar de frente y a los ojos, de
batir unas alas firmes que quieren volar sin ataduras,
que quieren ayudar a volar a los suyos sin torpezas, sin
dudas. Nace de la consciencia de que moverse en este
mundo es algo tremendamente personal, una actitud que
define tu nombre y tu sonrisa. Y que nadie, por nada,
debe robártela. La comprensión de lo importante, el
dolor que provoca tener que asumir lo inevitable,
quedarte, poco a poco, con tu imagen en el espejo. El
mismo espejo en el que llevas mirándote desde niña y que
hoy, por fin, te dice toda la verdad.
Amaia ama. Y lo hace completamente. Dedica sus canciones
a lo fundamental, a lo que es, y no a lo que parece.
Agradecida y clara, canta lo que su corazón le dicta. Y
nunca se olvida de su madre, de sus cuidados, de su
insomnio, de su amor con mayúsculas, de su capacidad
para cuidarla a lo largo y ancho del planeta, en la
distancia, en la oscuridad o en la ausencia. De su
padre, de su energía, de su mar compartido, de su
paciencia, de que esta vida sin él, sería otra vida.
Amaia ama y reparte. Porque no hay nada que la haga más
feliz que compartir y en eso anda. Compartiendo con
quien quiera escuchar quién es, cómo se siente, la
fuerza infinita que le aporta aceptarse, entenderse,
quererse. Que hay que empezar por ti para poder seguir
con los demás.
Gracias Amaia. Por tu valentía, por tus alas. Por tu
talento, por tanto esfuerzo. Por tu ejemplo. Gracias.
(Texto de Cayetana Guillén Cuervo, sacado de la Edición
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